10/07/09

Horas extras con nocturnidad y alevosía

Siempre somos los mismos los que pagamos el pato. A los lumbreras de la oficina (no voy a poner nombres, pero ya os los imagináis) se les ocurrió montar un ciclo de actividades veraniegas; vale, hasta aquí me parece bien, genial lo de darle salida a lo que hacemos más allá de una semana al año. La pega: toca todos los viernes de julio y agosto por la noche. La putada: pretenden que los curritos nos encarguemos de supervisarlas. De hecho, pringamos dos viernes a cada uno, y al parecer esta noche comienzo yo a las once (¿quién si no?). ¿Pero a quién coño se le ocurre? ¿No servían los jueves, o los martes, o cualquier otro día laboral? Encima de que no nos dejan coger todo el mes de vacaciones en verano (yo sólo tendré una semana libre, la del Viñetas, que para mí es sagrada) por la acumulación de trabajo, ahora vamos a tener que renunciar a nuestras escapadas de fin de semana. Una intromisión en toda regla en nuestras vidas privadas. Y ya estoy viendo que va a haber hostias para repartir los turnos; todo el mundo tendrá planes a los que no querrá renunciar. Feliz verano nos aguarda.
En fin, al final esta noche de debut no fue para tanto. Había cierta incertidumbre por ser la primera vez que se coordinaba todo, pero no hubo ninguna incidencia destacable ni ningún imprevisto mayor. Hasta se podría decir que tuvimos moderado éxito de asistencia, algo con lo que de momento no contábamos. Y a mí hasta se me pasó la mala hostia por tener que currar fuera de horas y en estas circunstancias. Menos mal que en el fondo me gusta mi trabajo y consigo disfrutarlo cuando estoy metido en faena, peros aparte. No obstante, este es otro detalle más que añadir a la lista de mierda que nos echan encima y que hará que eventualmente (si esto no se va al garete por sí solo o por méritos de mi jefe) lo mande todo a freír espárragos.

El ciclo de la estrella amarilla

Esto es difícil de explicar brevemente en un post sin que los positivistas y escépticos penséis que cada vez estoy más majara, así que lo soltaré sin más y cada uno que reaccione como quiera: por una serie de sincronicidades empecé a pensar que el universo quiere que me pase al calendario lunar maya, y lo estoy probando medio en serio. La verdad es que la concepción maya del tiempo (que no es tan arbitraria como la gregoriana sino que tiende más a lo cósmico) me está ayudando a centrarme en el aquí y el ahora y a dejar de obsesionarme con las cosas que ya han quedado atrás o con las que no han pasado aún (uno de mis principales problemas), por lo que al menos en mi caso el calendario funciona. Gracias, universo.
Hoy comienza el último ciclo solar de este año lunar maya (que acabará el 24 de julio: será genial celebrar la Nochevieja la víspera del Apóstol), que es el ciclo de la estrella amarilla. Es un período de consumación, de perfeccionar las cosas, que saca lo mejor que hay en uno. Estos 13 días todo tiende hacia la belleza y la armonía, por lo que hay que aprovecharlo. Misticismos aparte, estamos en medio de un verano estupendo, hay que coger cada momento por los cuernos y exprimirlo al máximo mientras seamos jóvenes y decadentes. Después de todo, el año lunar que viene es el de la semilla, y tengo claro que va a ser mi año.

El jefe español según Marías

Ha empezado a circular por la oficina una fotocopia de una columna de Javier Marías en uno de los últimos suplementos dominicales de El País, en la que el novelista se despacha a gusto contra los jefes españoles. No tiene desperdicio. Normalmente no soporto la prepotencia de este tipo (ni la de Reverte), pero en esta ocasión lo ha clavado. Nosotros nos hemos echado unas buenas risas a su costa: a costa del artículo y a costa de nuestro jefe, que cumple el arquetipo a la perfección. El entrecomillado de "el jefe español se levanta todas las mañanas diciendo 'Soy jefe, a ver cómo lo hago hoy notar", en nuestro caso es real como la vida misma. Pinchando se agranda.

9/07/09

La capital gallega del armario

Ourense, en torno a las ocho de las tarde. Cecil parte mañana temprano de vacaciones con Jacob, por eso pasa la noche aquí. Salimos a tomarnos unas cañas por el Casco Vello y se nos une Karl, su amigo marica. Cuatro homos y un destino: esto podría dar para un episodio de Sexo en Nueva York sólo que cambiando a las cuatro gichas que se comportan como gays por cuatro gays que se comportan como tales. Cervecitas y tostas en una terraza frente a la Catedral, la conversación está lista… pero hay algo que no funciona. Dos de nosotros están cortados, no se atreven a petardear abiertamente como les he visto hacerlo antes en Compostela… ¿Qué pasa? Ah, claro, no me había dado cuenta: es que ahora estamos en la capital gallega del armario, donde ningún marica asume nunca lo suyo del todo en público, donde siempre están al quite y en guardia por si miradas conocidas les pillan en un renuncio delatador, donde pueden juzgar los culos de los tíos que pasan en petit comité pero por dios que nadie les pille (h)ojeando ese libro homoerótico de la Taschen en plena calle.
Normalmente me cabrearía con ellos por este tipo de comportamientos paranoicos, pero puedo entenderlos. Si yo no me hubiera marchado de esta puta ciudad de provincias a los 18 seguramente también tendría ese miedo a ser pillado in fraganti. Pero me fastidia que no se atrevan a dar el paso de ser ellos mismos, sin bozales ni correas. Esto es el mundo una semana después del Orgullo: que nadie te vea soltando pluma en una terraza. Sé que liberarse es un proceso duro, doloroso y complicado, pero merece la pena. Cómo me gustaría verlos llegar al final de ese viaje.
PD: Por una tarde que salgo de tapas y me encuentro a todo hijo de vecino haciendo lo mismo. No paro de saludar a gente conocida de parranda. Es un poco abrumador. Lo que para mí es una excepción, ¿es lo habitual para todos los demás? ¿Qué me estoy perdiendo encerrado en casa por mi misantropía?

Madres de vuelta de todo

Hoy vino mi madre por casa para prestarme su aspiradora (yo no tengo) y ayudarme a limpiar las alfombras. En medio de la faena, reparó por primera vez en el tatuaje de mi muñeca. Era un momento que yo llevaba medio esperando medio temiendo desde que me lo hice hace tres meses. Nunca dije nada porque sabía que no le iba a hacer ni puñetera gracia enterarse de que su retoño se ha marcado la piel con tinta indeleble. Tampoco lo oculté, simplemente dejé que pasase desapercibido hasta que saltase la liebre. Y saltó.
Mentalmente me fui preparando en segundos para chupar una bronca de muy señor mío al tiempo que hacía acopio de posibles respuestas del estilo “soy mayor de edad, es mi vida y me tatuaré si quiero”. Y entonces ocurrió lo imprevisto: no sucedió nada. Mi madre cuestionó mi cordura con seis reproches distintos, pero después se resignó (“bueno, ya te lo has hecho y ahora no se puede quitar”) y dejó el tema. Sin opción a discutirlo e intentar convencerla siquiera. Qué decepción. Ya no puedes contar ni con tu madre para que se escandalice cuando te tatúas el brazo. ¿De dónde sale toda esta aceptación tranquila? Chungo el día que tus viejos transigen tus transgresiones sin un mísero patatús. En serio, descolocadito me quedé. Aliviado, pero descolocadito.

8/07/09

Lo que estoy escuchando estos días (14)

1 La Costa Brava – Háblame
2 Adanowsky – El ídolo
3 Official Secrets Act – No tomorrow
4 The Hidden Cameras – Death of a tune
5 The Pains of Being Pure at Heart – Young adult friction
6 Passion Pit – Sleepyhead
7 The Magnetic Fields – Take ecstasy with me
8 TV On The Radio – Crying
9 Lori Meyers – Alta fidelidad
10 Editors – An end has a start

La becaria

Mañana muerma en la ofi, de las que a mí me gustan. Lady Macbeth sigue llamando todos los días desde la playa para controlar el cotarro desde la distancia, pero paso mogollón de ella (qué vida más triste la suya, con sus turbios tejemanejes de poder: cuando yo me vaya de vacaciones, ni pienso llamar ni quiero que me llamen, desconectaré de todo ya que afortunadamente tengo una existencia más allá del despacho).
Como no hay mucho que hacer, Gene y yo nos apiadamos de la becaria y dedicamos la jornada a explicarle un par de cosas sobre este trabajo para que no estuviese tan perdida. Que es precisamente lo que yo creo que hay que hacer con un estudiante en prácticas o lo que a mí me gustaría que hubiesen hecho conmigo cuando empecé en la empresa. Yo no sé para qué el jefe (y su nuevo acólito el alfil) se esfuerza en traer aquí a una becaria si luego sólo la quiere de florero, para que escuche sus batallitas y esté mona y sin molestar en el fondo (y con un poco de suerte le lleve café, algo que no consigue que haga el resto del personal). Esta muchacha vino aquí para convalidar 6 créditos de prácticas, sacrificar sus vacaciones chollando dos meses gratis y a ser posible aprender algo que le sirva para su futuro, y por mis cojones que intentaré que así sea.
Enseñándole cómo se maneja el editor de textos web, descubro una vocación didáctica que no sabía que había en mí. Siempre he renegado de la posibilidad de ser profesor; acabar dando clases (de inglés o de lo que sea) lo consideraba la última y más desesperada opción laboral. Con la poca paciencia que tengo y lo mal que se me da transmitir conocimientos de forma amena me veo nula madera de educador. Y sin embargo he comprobado que en las distancias cortas y con un auditorio atento y entregado no lo hago del todo mal. Quizás también porque la lección eran más unas instrucciones prácticas que unas nociones teóricas. Otra vez la paradoja de siempre: creía que iba de profesor, cuando en realidad era el alumno.

Life is but a dream (54)

Esta noche tuve un sueño intenso y perturbador, cuyo recuerdo permaneció inquietante durante la ducha, el desayuno y la primera hora en la oficina. No tenía un hilo argumental lineal, sino que era una serie de estampas alrededor de una misma idea. El leitmotiv era que yo acababa de tener un bebé y me enfrentaba reacio a las responsabilidades de un padre primerizo soltero. La madre no aparecía para nada; de hecho no sé si lo tuvo un vientre de alquiler, una amiga que se quedó embarazada y desapareció o era adoptado. Tampoco se veía al niño: normalmente se presentaba envuelto en unas mantas como un fardo. La única vez que pude verlo fue desasosegante: era un homínido albino y prematuro, tan pequeño que no debía medir mucho más que mi mano, un ser frágil y feúcho. Y yo era un cabrón que pasaba olímpicamente de él. Una noche lo dejaba durmiendo solo en casa mientras yo me iba a una fiesta privada en una mansión que tenía un cierto parecido con la orgía de Eyes wide shut, y luego me entraban los remordimientos por si le pasaba algo y volvía. También me preocupaba porque no sabía cómo iba a mantenerlo con mi sueldo, y me veía abocado a encasquetárselo a sus abuelos cuando acabase mi baja por paternidad. Creo que la inquietud y la culpabilidad me hicieron despertar antes de tiempo.
Me daba la sensación que este sueño tenía que ver con el trabajo, ya que asociaba la traumática llegada del crío con las nuevas responsabilidades que me aguardan en un futuro próximo. Pero el diccionario onírico tira por una dirección distinta. Dice que “to dream of an extremely small baby symbolizes your helplessness and your fears of letting others become aware of your vulnerabilities and incompetence” (¿lo del desamparo quizás puede ser por el ambiente en la oficina?). Y redunda en la idea con otro matiz: “if you dream that a baby is neglected, then it suggests that you are not paying enough attention to yourself”. Así que al final el bebé era yo.

7/07/09

Noches frescas

Con los años uno se hace más viejo y se cree más pellejo, pero está bien que vengan las pautas climatológicas a recordarle que en el fondo no sabe nada. Porque la metereología siempre nos demuestra que hay cosas imposibles de prever. Recientemente me enfrentaba al dilema de si comprarme o no un ventilador o un aparato de aire acondicionado para hacerle frente a las temperaturas estivales. Una inversión así hay que meditarla mucho, no sólo por el desembolso económico que supone, sino por cuestiones energéticas y ecológicas. El año pasado sufrí con dureza los calores veraniegos magnificados por mi piso, y no quiero volver a soportarlos. Y cuando creía que tendría que pasar por el aro de la climatización artificial, va julio y me regala unas semanas de noches frescas, casi frígidas, lo nunca visto por estos lares. Porque esta ciudad no es la costa ni Compostela, donde viene la brisa o al menos atempera al ponerse el sol. Aquí el bochorno suele concentrarse y permanece todo el día. Menos estas semanas. No recuerdo ahora ningún mes de julio con tantas noches a la fresca, en las que no haya que abrir la ventana para que corra el aire o no se tenga que quitar uno la camiseta. Estos madrugones con cierta rasca son algo inaudito, una agradable sorpresa que nos depara el medio ambiente. Y que duren.

Inapetencia rebajil

Que un consumista compulsivo como yo no se haya comprado aún nada en las rebajas denota un serio problema. No es por la cacareada crisis: es cierto que hay que apretarse el bolsillo, pero por fin he cobrado la nómina y si veo algo bueno, bonito y barato no pienso dejarlo escapar. La cuestión es grave: no encuentro ropa que me guste. Y la que que encuentro que me gusta, no quepo en ella (solo hacen tallas para anoréxicos o musculocas). Y la que encuentro que me gusta y en la que quepo, no me la puedo permitir. Gordo, pobre y con buen gusto: la historia de mi vida. Pues nada, no pienso pasar por el aro de las grandes marcas. Que se jodan. Yo me quedaré sin renovar mi vestuario estival, pero ellos se quedan sin los euros que estaba dispuesto a invertir. Me los gastaré en libros, que la cultura conjunta con todo. De todas formas para qué engañarnos: nunca apuestan por el negro para ninguna colección veraniega. Qué mal lo pasamos los pseudogóticos en esta época del año.

6/07/09

He venido aquí a hablar de mi blog

Me di cuenta el otro día a través de un intercambio de SMSs, y hoy en una llamada, de que hay varios amigos que no leen mi blog y no están al tanto de las novedades de mi vida. No es que saliese el tema ni lo admitiesen en voz alta, pero era fácil de deducir por el contexto. En una ocasión a punto estuve de sugerirle a mi interlocutor que si quería saber cómo me iba se leyese esta bitácora de vez en cuando; afortunadamente vi lo presuntuosamente cretino que sería de hacerlo, e intenté como buenamente pude improvisar un resumen de los últimos sucesos de viva voz (mi memoria a corto plazo es una mierda para estas situaciones).
No me parece mal que mis amigos no lean mi blog. Es una opción que respeto completamente: puede que no les guste cómo escribo, puede que les parezca un coñazo tener que estar pendientes de mis actualizaciones, o sencillamente puede que prefieran comunicarse conmigo a través de medios más tradicionales y directos como el teléfono. No es algo que me raye, no pienso ponerme a pasar lista. Lo entiendo: yo también tengo varios colegas periodistas y tampoco me mato por leer todos los artículos que publican todos los días (aunque intento seguirlos con una mínima frecuencia).
Del mismo modo que no me sorprende que los conocidos pasen de mí, al otro lado del espectro, sí que me asombra un poquito que haya desconocidos que me lean (sé que los hay porque de vez en cuando dejan algún achuchón, si no tampoco me enteraría). Más que nada porque a mí me aburren mortalmente los blogs personalistas donde peña anónima suelta sus rollos y cuentan su vida: yo a eso no le veo la gracia si no lo asocio a una cara amiga, o al menos famosa. Me alegro si se divierten (¿será por lo que cuento o por cómo lo cuento?) y agradezco su fidelidad, aunque no los tenía en mente cuando me metí en esto de bloguear.
Entonces, ¿para quién escribo todas estas paridas? Pues la verdad es que no lo sé. No tengo ningún lector prototipo ideal en mente. Hay veces que me acuerdo de determinadas personas: si escribo una crítica sobre un tebeo es sobre todo para los colegas comiqueros, pues al resto se la van a traer al pairo mis lecturas. Aunque normalmente no escribo para nadie en particular. Prefiero no pensar en ello: si fuera consciente de quién va a enterarse de lo que pongo, no publicaría la mitad de las cosas que aparecen (a veces me expongo demasiado inconscientemente, y podría buscarme problemas).
Supongo que en cierto sentido escribo en primera instancia por y para mí. Vale que empecé esta aventura con el propósito de mantener el contacto con los compañeros en la distancia, pero a día de hoy si sigo adelante es sobre por todo por la catarsis que me supone. Bloguear es una especie de terapia que impide que el día a día me vuelva loco (sé lo que digo: tengo cierta tendencia a los trastornos mentales). Llevar un diario le da un cierto sentido a la vida: te ayuda a fijarte en cosas que antes pasarían desapercibidas, a fijar recuerdos para luego no distorsionalos y a comprender las causas de sucesos ulteriores. Yo al menos tengo la cabeza más ordenada ahora. Y escribir es una estupenda gimnasia mental: cuanto más lo practicas, más fluído te sale, y más ocurrente también. La máxima que siempre he seguido es que lo haré mientras me lo pase bien haciéndolo; por eso cuando estoy depre o agobiado y el blog se vuelve una carga, me tomo varias semanas (o meses) de descanso y desconecto, pero es genial regresar a la faena porque el cuerpo te lo pide y porque traes fuerzas renovadas.
Así que, para cerrar este tocho autorreferencial (hacía tiempo que no metía uno, ya iba tocando) dirigido a mí mismo con el propósito de resolverme una duda epistemológica, creo que escribo para intentar ayudarme, para lograr entenderme, para poder perdonarme. No importa que me leáis o no me leáis: yo escribo porque lo necesito. Si lo publico es porque agradezco el feedback, pero seguiría haciéndolo aunque no lo publicase. Un último mensaje para los que me seguís: queridos conocidos y queridos desconocidos, muchísimas gracias.

Me conformo

Hace unos años era bastante más caprichosete (aaah, qué tiempos aquellos en que quería sentirme realizado con mi trabajo). A día de hoy, con tener una jornada tranquila en la oficina en la que no vuelva a casa con ganas de cortarme las venas me conformo. Por eso estoy ahora mismo como la vaca que ríe: Lady Macbeth se ha ido dos semanas de vacaciones, así que tengo algo de paz y sosiego en el despacho. Qué gustico ver pasar la mañana sin desplantes ni emboscadas. De pronto se me han juntado unas cuantas tareas (pocas para las que tendría que haber en esta época del año) y tengo que dar algo el callo, pero no importa. Siempre que haya alguna novedad interesante (acaba de llegar una becaria a hacer prácticas de verano) o que descubramos alguna nueva parida del jefe con la que reírnos de él un rato (el bueno del hombre no defrauda y siempre habrá algún tema) yo me conformo. Porque en el fondo son las pequeñas cosas y las benditas ausencias las que le alegran a uno la vida laboral.

5/07/09

El ala oeste de la Casa Blanca

Hace poco dije de In Treatment que lo que más me gusta es que sea tranquila y reposada; El ala oeste podría considerarse el antecedente en los 90 que dio alas a este tipo de series. Me sigue pareciendo un milagro que una serie basada en el recurso ‘walk and talk’ (la cámara seguía a los personajes por los pasillos de la Casa Blanca mientras mantenían vertiginosas discusiones sobre temas políticos, éticos y personales) aguantase siete temporadas en una cadena generalista; supongo que la avalancha de premios que recibió ayudó a evitar la cancelación. Sus puntos fuertes son la didáctica verosimilitud de sus tramas, un elenco grandioso (tanto los habituales como los esporádicos de lujo) y una calidad inhabitual en la producción y la fotografía. El único gran pero que le pongo es el tratamiento de la política exterior: puede que a los espectadores norteamericanos les guste esa injerencia de su administración en los asuntos del resto del mundo, pero para los foráneos esa prepotencia imperialista es sonrojante sino directamente vergonzosa. Centrándome en esta tercera temporada que acabo de ver, que no ha sido quizás tan inspirada como las anteriores, me ha gustado ver que se ha cerrado de forma bastante digna el arco de la mentira presidencial sobre su enfermedad con una moción de censura del parlamento y cómo ha sido gradualmente sustituido por la preparación de la campaña para el segundo mandato, que seguramente ocupará la próxima temporada. El terrorismo ha estado también de lo más presente (normal, siendo este el año del 11-S), tratado con desigual fortuna. Un show que es lo más parecido a una tragedia shakespeariana de poder contemporaneizada y para el prime time. Un modelo de televisión que tristemente parece no tener ya un hueco en la programación: el último proyecto de Sorkin, Studio 60, que repetía muchos de los aciertos de este, sólo resistió 22 episodios en antena.

EL ALA OESTE DE LA CASA BLANCA, 3ª temporada (2001-2002) Creada por Aaron Sorkin; con Allison Janney, Rob Lowe, Richard Schiff, John Spencer, Bradley Whitford y Martin Sheen.
[* * *]

4/07/09

3 preguntas sin respuesta

Voy a salir a tomar algo con Georgetunia, y me emperifollo como si me fuese la vida en ello. Escojo, tras mucho meditarlo, una de las camisetas que considero que me vuelven más sexualmente apetecible, me paro a decidir qué calcetines combinan mejor con las zapatillas y el resto del conjunto, me riego profusamente de ck one y me inspecciono cinco minutos en el espejo antes de darme el visto bueno. ¿Por qué me obligo a pasar por esta tortura ritual si ya sé de antemano que nadie nunca se va a fijar en mí?
Nos sentamos a tomar algo en la terraza del Turco sin saber que se ha vuelto un antro para pijos. Ya es demasiado tarde cuando por fin lo advertimos: sin camisas de marca ni pelo repeinado ni vestidos de fulana desentonamos bastante en este ambiente. ¿Desde cuándo la gente se organiza por castas para salir de noche? De acuerdo con mi renta y nivel de ingresos, ¿a qué bares puedo ir y a cuáles no? (La venganza de las clases bajas contra la opulencia opresora: mangar los removedores de las caipiriñas como recuerdo de este encontronazo interestrático)
Descubro horrorizado que otro de los torgalitas habituales ha sido fichado como pincha en el Trole; le damos un voto de confianza pero nos torturará con una sesión machacona y onanista. El apogeo de esta ralea de modernetes locales excluyentes vuelve a suscitar en mí un intenso debate interno (presenciado / secundado por George) entre lo mucho que me repatean y lo mucho que me gustaría ser uno de ellos (bueno, de ellos no, de Barcelona, pero eso aún queda lejos). ¿Por qué lo que nos atrae al mismo tiempo nos repele? ¿Por qué conviven en mi interior un Doctor Jasp y un Mister Hype?

Sábados de Cenicienta

Desde que volví a vivir solo, los sábados perdieron para mí ese halo de jovialidad que todo día no laborable debería tener. Porque los findes que me quedo en Ourense dedico las mañanas de los sábados a limpieza y mantenimiento del piso. La costumbre ha ido creando una especie de ritual higiénico en el que hay que respetar unos pasos, seguir un proceso. Siempre empiezo con el baño, para que vaya secando mientras hago otras cosas y esté listo para usarlo después. A continuación toca mi habitación: hacer la cama y quitar el polvo. Luego, pasar la escoba al salón y la entrada, y limpiar los muebles, y se termina esta fase en la terraza. En este punto normalmente ya es hora de comer; paro, me tomo una ducha para quitarme el sudor de encima y preparo algo sencillo. Tras la sobremesa, me pongo con la cocina (limpiarla antes de hacer la comida es una estupidez). Dependiendo de las circunstancias, puede tocar poner una lavadora o una sesión de planchado, pero no siempre. Suelo acabar cansado pero aliviado: me he quitado esta obligación de encima… hasta el sábado que viene. Me gusta hacerlo así: repartir las tareas en varias sesiones no lo vuelve más llevadero, es mejor sacárselo todo de un tirón, como con las tiritas. Lo bueno es que siempre queda la tarde del sábado por delante para redimir al día.